jueves, 26 de marzo de 2009

Herencia a la invertida

-¡Yo las quiero!

-¡No! ¡Esas botas son mías!

-¡Pero yo las necesito más!



Este es más o menos el diálogo que sigue cuando alguien a quien ya no le queda parte de su guardarropa, decide heredarla a algún miembro de la familia y hay más de un interesado en la prenda en cuestión. Algo exagerada la descripción, pero pasa. ¿Por qué tendría que ser especial? Nada más que por el simple hecho de que la persona que dona el artículo (entiéndase un par de zapatos) es mi rulienta hermana de nueve años de edad y las potenciales beneficiarias venimos a ser mi abuela y yo…

Sabíamos que sería grande cunado nació, ¡pero nunca tanto! Por ahora, sigo siendo la que hereda la ropa a otras y ella la que recibe, pero tengo plenamente asumido que falta la nada para que me alcance en altura y eventualmente me deje chica. Así que le diré enana mientras pueda, porque aunque de enana no tenga nada, mientras sea, aunque sea un poco más baja que yo, ¡simplemente me negaré a renunciar a mi derecho de hermana mayor!

Lo único que espero es que esto no pase de una anécdota sobre el número de calzado, por lo menos no muy pronto. Veo que la cosa chica refleja cada vez menos su edad y que nadie que no sea de la familia o del círculo de amigos la ve como una niña de cuarto básico… Hay cosas incomodas que pueden ser todavía más incómodas si se llegan a dar antes de tiempo. Eso sin considerar que con lo princesita que puede llegar a ponerse, su “aborrecencia”, como la llama una amiga de mi madre, no va a ser precisamente un viaje de placer (¡Ja! ¡Ves mamá! ¡Ves como yo sí fui una santa!).

A ver que pasa, rogar que no sea un infierno… y disfrutar mis zapatillas nuevas.

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