lunes, 24 de octubre de 2011

Mi nombre es Hor

   Laberinto  by  Bonjoor

         Perdóname, no puedo hablar más alto.
         No sé cuándo me oirás, tú, a quien me dirijo.
         ¿Y acaso me oirás?
         Mi nombre es Hor.

         Te ruego que acerques tu oído a mi boca, por lejos que estés de mí, ahora o siempre. De otro modo no puedo hacerme entender por ti. Y aunque te avengas a satisfacer mi ruego quedarán bastantes secretos que tendrás que desvelar por tu cuenta. Necesito tu voz donde la mía falla.

         Esta debilidad se explica quizás por la manera de vivir de Hor. Habita, hasta donde puede recordar, un edificio gigantesco, completamente vacío, en el que cada palabra pronunciada en voz alta produce un eco interminable.

         Hasta donde puede recordar. ¿Qué significa?
         En sus diarias caminatas por salas y pasillos Hor sigue encontrándose a veces con el eco errante de algún grito proferido imprudentemente en otros tiempos. Le resulta muy penoso encontrarse así con su pasado, sobre todo porque la palabra pronunciada entonces ha llegado a perder forma y contenido hasta volverse irreconocible. A esos balbuceos idiotas no se expone ya Hor.

         Se ha acostumbrado a utilizar su voz -si es que la utiliza -por debajo de ese umbral vacilante a partir del que podría producirse un eco. Este umbral se halla sólo un poco encima del silencio total, pues la casa es de una sonoridad cruel.

         Sé que exijo mucho, pero tendrás que contener incluso la respiración si te interesa escuchar las palabras de Hor. Sus órganos vocales se han atrofiado con tanto silencio -se han transformado.

         Hor no podrá hablar contigo con mayor claridad que la que es propia de aquellas voces que oyes poco antes de quedar dormido. Y tendrás que hacer equilibrios en el estrecho margen entre el sueño y la vigilia o flotar como aquellos para los que arriba y abajo significa lo mismo.

         Mi nombre es Hor.

         Mejor sería decir: me llamo Hor. ¿Pues quién aparte de mí, me llama por mi nombre?
         ¿He mencionado ya que la casa está vacía? Quiero decir completamente vacía. Para dormir, Hor se acurruca en un rincón o se acuesta donde esté en ese momento, incluso en medio de una sala cuando las paredes están demasiado lejos.

         La comida no le preocupa a Hor. La substancia de la que están hechas paredes y columnas es comestible -al menos para él -. Es una masa amarillenta, ligeramente transparente, que sacia muy deprisa el hambre y la sed. Además, las necesidades de Hor son escasas en este sentido.

         El paso del tiempo no significa nada para él. No tiene posibilidad de medirlo, excepto con el latido de su  corazón. Pero éste es muy desigual. Hor no conoce los días ni las noches, siempre le rodea la misma penumbra.

         Cuando no duerme, vaga de un lado a otro, pero no persigue ninguna meta. Es sencillamente un impulso, una necesidad que le divierte satisfacer. Sólo de vez en cuando llega a una pieza que cree reconocer, que le parece conocida, como si ya hubiese estado en ella en tiempos inmemoriales. Por otro lado, señales inconfundibles le permiten a menudo inferir que pasa por un lugar en el que ya estuvo una vez -una esquina mordisqueada, por ejemplo, o un montón de excrementos resecos -. Sin embargo, la pieza en sí le resulta a Hor tan extraña como las demás. Quizás las habitaciones se transforman durante la ausencia de Hor, crecen, se extienden o encogen. Quizás es el paso de Hor lo que provoca estas transformaciones, pero a él no le gusta esa idea.

          Que aparte de Hor alguien habite la casa, me parece imposible. Claro que no hay pruebas de ello debido a la inimaginable amplitud de la construcción. Es tan poco imposible como probable.

          Muchas habitaciones tienen ventanas, pero éstas sólo se abren a otras piezas, generalmente más amplias. Aunque la experiencia no le ha enseñado hasta ahora nada diferente, a veces Hor imagina que llega a una última pared extrema cuyas ventanas ofrecen una vista de algo completamente distinto. Hor no puede decir lo que podría ser, pero a veces se entrega a largas reflexiones sobre ello. Sería falso afirmar que anhela esa visita -es sólo una especie de juego, un inventar intencionado de diversas posibilidades -. En sus sueños, sin embargo, Hor ha disfrutado a veces de tales visitas, aunque al despertar no recordara nada digno de mención. Sólo sabe que era así y que solía despertarse en lágrimas. Pero Hor le da poca importancia, lo menciona porque es extraño...

         Me he expresado mal. Hor no sueña nada, y no tiene recuerdos propios. Y sin embargo, toda su existencia está llena de los horrores y goces de experiencias que asaltan su espíritu a la manera del recuerdo súbito.

         Claro que no siempre. A veces su espíritu permanece mucho tiempo con una superficie de agua inmóvil, pero en otros momentos estas experiencias le asaltan por todos los lados, le acosan, le golpean como rayos y entonces corre por pasillos vacíos, se tambalea, hasta que cae agotado al suelo y se queda tumbado y vomita. Pues ante esto Hor se halla indefenso.

         A la manera del recuerdo súbito. ¿Lo dije así?
         Me llamo Hor.

         ¿Pero quién es: yo-Hor? ¿Soy sólo uno? ¿O soy dos y tengo las experiencias de aquel segundo? ¿Soy muchos? ¿Y todos los demás que son yo viven allí, fuera de aquel extremo y último muro? ¿Y todos ellos no saben nada de sus experiencias, nada de sus recuerdos, porque éstos quedarse fuera con ellos? Ah, pero con Hor sí se quedan, viven con su vida, le acometen sin compasión. Se funden con él. Tira de ellos como de una cola que se arrastra interminablemente por las salas y habitaciones y sigue creciendo y creciendo.

         ¿O acaso os llega también algo de mí a los que estáis fuera, a uno o a muchos, que sois uno conmigo como las abejas con la reina? ¿Me sentís, miembros de mi cuerpo disperso? ¿Oís mis palabras inaudibles, ahora o sin tiempo? ¿Acaso me buscas tú, mi otro? ¿A Hor que eres tú mismo? ¿A tu recuerdo que está conmigo? ¿Nos aproximamos a través de espacios infinitos como estrellas, paso a paso e imagen por imagen?

         ¿Y nos encontraremos una vez, algún día o sin tiempo?
         ¿Y qué seremos entonces? ¿O no seremos ya? ¿Nos anularemos mutuamente con el sí y el no?
         Pero entonces verás: yo he guardado todo fielmente.
         Mi nombre es Hor.
Extracto de El espejo en el espejo: Un laberinto
por Michael Ende. Trad. Aton y Geneva Dietrich
Ediciones Alfaguara, 1987

2 comentarios:

  1. *O* Yo leí algunos de estos relatos en ese libro, pero como lo saqué de la biblioteca lo tuve que devolver bien pronto... En todo caso, me gustó más otro libro de cuentos de Ende, más fantástico propiamente tal y menos delirante, pero no recuerdo cómo se llama.

    Como sea, El Espejo en el Espejo es extraordinariamente recomendable. Recuerdo con cariño ese relato del hombre que viaja en tren. Siempre me digo que escribiré algo similar, pero con mi "sello personal"

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  2. Yo también recuerdo el relato del hombre del tren ^^ e igual que tú tuve que devolver el libro antes de terminarlos todos ¬¬ ¡En fin!

    La verdad es que yo estaba buscando La Historia Interminable (y la encontré junto con Momo :P) cuando me topé con el espejo en El Espejo en el Espejo y no me aguanté la curiosidad y las ganas de leer más de Ende.

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