sábado, 9 de junio de 2012

Mucho mejor que la tintura


Aclaro que no tengo nada en contra de la gente que se tiñe (o de que la gente se tiña), pero desde muy chica me di cuenta de la gran diferencia entre teñirse por gusto y teñirse por obligación. Mi madre y abuela pertenecen a la población femenina a la que no le queda otra que hacerlo sí o sí. Como muchas, partieron con la idea de disimular una que otra cana por ahí y lenta e imperceptiblemente fueron avanzando hacia una implacable esclavitud. ¡Las raíces no perdonan! Una vez comenzado, el ritual debe llevarse a cabo sin falta sí o sí, con toda la parafernalia, inversión de tiempo y cuero cabelludo irritado que eso implica.

Después de ver todos esos malabares desde que tengo memoria, mi reacción a todo lo que implique tintura es un rotundo NO, GRACIAS. Desastroso y todo, la verdad es que me encanta mi pelo y no tengo la menor intención de echarlo a perder si es que puedo evitarlo. ¿Para que tanto menester, sufrimiento y tiempo desperdiciado si existen las pelucas? Ese ha sido mi plan desde los 12: dejar que la naturaleza haga lo suyo y tener unas aseguradas unas buenas pelucas hasta el momento en termine de irse el color del último pelo en mi cabeza. Eso va mucho mejor con mi personalidad dada a experimentar y si me da por seguir jugando aún después de que mi pelo sea todo gris, OK, ¡pero yo ni loca paso voluntariamente por esa tortura medieval! Además que recorriendo el centro con la Nina en busca de una peluca para mi bisabuela (como ven tengo referente familiar), descubrí que la variedad de este producto no está nada mal.


Para quien viva en Santiago y le interese probar un cambio de look rápido, no permanente y al alcance del bolsillo, le recomiendo darse una vuelta por Santo Domingo 850, Galería Consistorial. Tienen pelucas que van desde los $14.000.- a los $17.000.- (para quien no sepa, una buena peluca puede llegar a valer $50.000.- o más), con tonos y cortes muy variados. Incluso tienen en varios colores del arcoíris; en caso de que le baje el impulso lúdico a full o necesite material para disfrazarse. Yo personalmente ya le eché el ojo a unas cuantas, entre ellas una verde. ¿Todavía preguntan por qué prefiero las pelucas a la tintura?

Ahora lo ven y ahora no lo ven


Por motivos que no alcanzo a entender, Blogger insiste e insiste en rotar esta foto cada vez que la subo. ¡Pero bueno! Mi celular ha andado muy tincado últimamente con las fotos y además, ese no es el tema de la entrada. Lo que ven en la entrada es un de mis experimentos con el crochet. Saqué el diseño de parte del patrón de un chaleco de verano, aunque el chaleco propiamente tal no me gustó mucho y realmente nunca me interesó terminarlo. Todo lo que me interesaba en ese momento (mediados de diciembre) era mirar como se veía el punto en este tipo de lana y ver si era o no difícil. Resultó bastante fácil y adictivo, pero dado el movimiento natural de fin de año y el remezón familiar que significó el 31 de diciembre, simplemente quedó ahí guardado en la caja de las lanas... hasta ahora. Al principio pensé en continuarlo y hacer una especie de cruza entre chal y bufanda, pero este punto en particular no se lleva bien con esta lana y, aunque la combinación es visualmente agradable, en términos de tacto resulta demasiado áspera. Simplemente no pondría esto en el cuello de nadie. Miren que la probé con mi casi-padre y Carlangas llegó a la misma conclusión. ¡Ni para epidermis masculina sirve! Así que como buena Penélope, opté por deshacer el crochet. Miren bien la imagen, porque para cuando terminen de leer esta entrada la lana ya va a llevar varias horas de haber regresado a su estado original de ovillo. Aunque no se quedará así por mucho; ya tengo nuevos planes para ella.

domingo, 3 de junio de 2012

Mí Par de Pasteles


¡Ojo! Par de Pasteles es obra indiscutida de Manuel Pereira. Que nadie venga a poner en duda eso. Pero este mini librito es  Par de Pasteles. Es mío desde el viernes en la tarde y no lo suelto. Uno, porque me encantan las historias de estos dos pastelazos y ya los siento casi de la familia. Dos, porque me costó un poco dar con la sucursal de TurBus Cargo de Estación Central, ¡pero para eso estamos las brujas! Para perdernos y encontrarnos (con un poco de ayuda del personal del terminal). Y tres, porque me encontré con la muy agradable sorpresa (¡y no es chiste!) de que mi muy humilde blog sale nombrado en los agradecimientos. ¡Así que pobre del que me venga a decir que  mini librito y  marcador de libros no son míos! ¿Y usted querido lector todavía no tiene el suyo o peor, no tiene idea de que estoy hablando? Entonces, se me va derechito al blog de Par de Pasteles o se una vuelta por @PardePasteles o @_okatodesign_.

viernes, 1 de junio de 2012

Casi como San Pedro


Es una exageración, eso lo tengo completamente claro, pero después de sólo dos llaves, tener ocho se siente un poco como eso. ¿Qué esperaban? ¿Y nadie le puso atención al "casi"? Estos lectores de hoy...

¿Qué quieren que diga? Me gustan mis llaves. Porque son las llaves de la casa nueva y la antigua, porque son mías, porque tienen mis colores y porque abren todas las puertas que de verdad me interesa abrir (cualquier otra es capricho o necesidad momentánea). Y también porque me costó mucho conseguirlas.

Las primeras dos fueron el fruto de arduas negociaciones con mi querida y muy sobre protectora abuela, que no quería saber nada de la idea de tenerme sola en la casa mientras el resto de la familia estaba fuera trabajando. Con el colegio prácticamente en frente del domicilio familiar y la mala costumbre de mis parientes de retirarme bastante más tarde de la hora de salida (¡casi dos horas de retraso a veces!) ya se imaginaran como me lo tome. Ahí me veo, solita en el patio, sentada al lado de mi árbol regalón, con mi mochila y bolso del termo y una cara de aburrida y taimada a más no poder. Por suerte para mí, esa "humillación de humillaciones" terminó a los 11.

Las segundas las tengo desde el martes pasado, pero pasó más de un mes de cambio de casa para tenerlas en mi poder. Nada de sobre protección esta vez; simple falta de tiempo y lugares para sacar copias. Así que básicamente tuve a mi madre sin llaves durante casi un mes y a Carlos riéndose de mis "¿Dónde se puede sacar copias por aquí?", "¡Ya! ¡Hoy se las saco sí o sí!", "¡Quiero mis llaves, quiero mis llaves, quiero mis llaves!" por casi el mismo lapso de tiempo. Hasta que en una visita a la casa antigua me fui al kiosko/taller de copiado que está cruzando la avenida y saque las copias yo misma. Me gustó mirar como las hacía el caballero. ¡Obvio! Me encanta ver cuando la gente hace trabajos manuales; son un tipo de magia tan simple y cotidiana que la gente tiende a olvidar su valor. Además, eran mis llaves y, esta vez, las mandé a hacer yo.

Mmm... ¿Será que de guagua nunca tuve las clásicas llaves de plástico de colores? ¿O tal vez las veo a las llaves como parte de un rito de transición? ¡Ni idea! Pero como dato curioso, hace rato que le devolví a mi mamá las suyas y todavía le tengo que estar recordando cual es la que abre tal y tal puerta. 

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